viernes, 18 de enero de 2013

El refugio de Sofía


Se alzaba la falda con una mano y con la otra apuntaba el cielo, como señalando a alguien, allá en las alturas. Así entraba Sofía a la pista de baile, cuando comenzaban a sonar los timbales de la orquesta, dejando libre el movimiento de sus caderas.

Entraban los metales, y abría los brazos recibiendo la bendición de la música. Cerraba los ojos, se entregaba por completo. Simulaba que rodeaba con sus brazos a una pareja, dejaba descansar su cabeza sobre un pecho imaginario. Sonreía, suspiraba, negaba con la cabeza como queriendo devolver un piropo que le sienta demasiado grande.

Hay quienes dicen haberla visto elevarse, dicen que hay un momento en que sus pies simplemente no tocan el piso, apenas lo rozan. Parece que alguien la llevara y la suspendiera en el aire. 

Un mesonero la mira desde una esquina, aprovechando un brevísimo descanso. La bandeja es sostenida como un portafolio bajo el brazo: 

- - ¡Qué bárbaro! Y pensar que nunca la hemos visto bailar con nadie.

- - ¿Con nadie? (pregunta un observador desde una mesa)

- - Bueno, por lo menos no con alguien de este mundo.

Así dicen que Sofía hacía de algunas canciones lugares de encuentros con aquellos que no estaban. Y justo allí, sobre el ritmo que marca la clave, construía efímeros refugios, donde se diluía toda su tristeza.

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